
Paneuritmia en el cielo del pico de Musallah
CONCIERTO RECITAL 30.09.2006
Contenido
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Recuerdos: «La Salida del Sol»
Música del Maestro Dánov — Beinsá Dunó
Arreglos: Anna Karalásheva
Participan:
María Ivanóva — soprano;
Anna Karalásheva — piano
Presentador: Petar Vangelov
En el salón del Municipio de «Izgreva»
C./«Chejov» 16-A
I parte:
PANEURITMIA EN LO ALTO DEL CIELO, EN EL PICO DE
MUSALLAH
I parte:
PANEURITMIA EN LO ALTO DEL CIELO, EN EL PICO DE
MUSALLAH
II parte:
LA ÉPOCA CUANDO NACIÓ LA PANEURITMIA
II parte:
LA ÉPOCA CUANDO NACIÓ LA PANEURITMIA
Galerie
I parte
CON LA LOCOMOTORA DE VAPOR – UN SAMOVAR, EN LA MONTAÑA
Cuenta María Tódorova
En los primeros años nosotros salíamos para hacer excursiones hasta el pico de Musallah. El grupo se reunía en Sofía, alquilábamos camiones que nos llevaban hasta Chamkoría, Bórovetz en la actualidad.
En el 1922 un grupo muy grande emprendimos una excursión hasta el Musallah, pasando nuestro camino a través del centro de veraneo de Chamkoría.
Nuestro grupo era abigarrado, dada su composición heterogénea. Jóvenes, viejos marchaban en columna uno tras otro. En aquel entonces el turismo de masas era desconocido y para los veraneantes en Chamkoría ese resultaba ser un espectáculo como ningún otro para ellos en la montaña. Pasábamos al lado de sus chalets y ellos salían en peinadores indagando: «¿Quiénes serán esos pordioseros y salvajes?» Ellos no sólo se reían disimuladamente, sino que se burlaban abiertamente de nosotros — para ellos éste era un fenómeno desconocido, algo raro. Y no sólo, extraño también. Y si agregamos que los hermanos habían manufacturado samovares que llevaban a cuestas como mochilas en sus espaldas… Al propio tiempo el samovar estaba hirviendo, expedía vapor y encima de todo se sentía un «piu-u-u!». El pitido se provocaba por el vapor que salía por el orificio estrecho del samovar y se asemejaba a una locomotora que avanzaba en dos pies. Al escucharse el pitido, el hermano, que estaba cargando con el samovar, se paraba y gritaba: «¿Hay alguien que quiera agua caliente?» Se le acercaba alguien tendiéndole su jarro, el hermano se le viraba de espalda y aquel abría el grifo de manera que del orificio salía agua hirviendo. Y ellos cargaban carbón vegetal como combustible. Así que, para los aristócratas de Chamkoría esto resultaba ¡tan extraño y tan ridículo! Avanza el grupo — en columna de a uno y cada 20—30 metros los samovares pitaban y de ellos salía vapor. Nos miraban y pensaban que éramos unos chiflados, levantaban sus brazos haciendo girar sus muñecas a la izquierda y a la derecha y nos gritaban que éramos un tanto «tra-la-la». Esto sucedía en Chamkoría. Y en cuanto a los sofiotas, para ellos la diversión era aún mayor. Ellos simplemente se desternillaban de la risa. Y algunos vencían la turbación y se acercaban para ver ese ingenio e invento. Lo estaban examinando, chascaban la lengua y concluían: «Está hecho con inteligencia, es algo práctico, pero es muy cómico, porque tal cosa no existe en ninguna parte del mundo — que uno se lo ponga en la espalda y que se dirija a la montaña cargándolo.» Era por eso por lo que se reían de nosotros. Pasaron los años y empezaron a acostumbrarse a vernos cargando en la espalda esos samovares hirviendo. Luego estaban preguntando: «Pues ¿dónde tenéis vuestras locomotoras de vapor?» Yo llegué a ver a una madre dándole a su hijo esta explicación: «¿Ves a aquel hombre que lleva cargando algo en su espalda que produce vapor y está pitando? Ese hombre es la locomotora de vapor del tren. Él marcha y los demás caminan detrás de él. Los otros son vagones.» Y el niño preguntaba: «Mamá, ¿pero cómo es que les hala la locomotora a estas personas si no están amarrados unos a otros?» Y la madre titubeaba no sabiendo qué contestar. Me viré y dije: «Cariño, nosotros estamos atados por sogas invisibles puesto que son mágicas.» La respuesta fue de la satisfacción del niño mientras que la madre me miró horrorizada. Más tarde allí, en el centro de Chamkoría, se descargaba nuestro equipaje de los camiones y después de un breve descanso partíamos hacia el Musallah.
Las fotos de los camiones con los que se trasladaban los grupos desde Sofía hasta Chamkoría, datan desde el 1927 y se encuentran en este cartón que está debajo de mí.
ESCALADA DEL PICO DE MUSALLAH A LA LUZ DE FAROLES
Cuenta María Tódorova
En los primeros años nosotros salíamos para hacer excursiones hasta el pico de Musallah. El grupo se reunía en Sofía, alquilábamos camiones, que nos llevaban hasta Chamkoría, Bórovetz en la actualidad. Descargábamos nuestro equipaje y desde allí partíamos a pie hasta el parador de «Musallah». Parábamos para descansar varias veces. En medio del camino se levantaba una gran roca — era allí donde hacíamos con el Maestro un descanso obligatorio. A veces nuestros equipajes iban cargados en caballos que nosotros alquilábamos junto con los mozos de caballos de Sámokov. Arriba, en Musallah, nos estaba esperando el antiguo parador de madera. Generalmente el Maestro se alojaba dentro, y obligatoriamente — también las hermanas. Los hermanos encendían fogatas y se quedaban y dormían al amor del fuego. En aquel entonces no teníamos tiendas de campaña sino que llevábamos unos toldos de lona militares que habían quedado de la época de las guerras. Nos pasábamos el tiempo en torno a las fogatas cantando canciones y tomando té hasta muy entrada la noche. Después nos acostábamos. De madrugada teníamos que levantarnos a eso de las tres y dirigirnos al pico de Musallah.
Dada la señal nos levantamos, nos vestimos, fueron encendidos varios faroles y la columna arrancó en silencio. Un hermano guiaba la columna con un farol encendido, y otro hermano también estaba llevando un farol en la cola de la columna. Así, poco a poco, íbamos trepando por el sendero en la noche oscura, y la columna llegó hasta el pico de Musallah. Todavía estaba oscuro. Hicimos una plegaria común. Paulatinamente el Cielo empezó a clarearse por el levante. Era una vivencia extraordinaria. Se esperaba buen tiempo con el cielo claro. Esto sucedía raras veces en el pico de Musallah y si sucedía era una maravilla excepcional. Estábamos esperando la salida del sol. Desde los confines del espacio y del mundo se asomó el primer rayo. Entonamos las canciones del Maestro. Luego el Maestro pronuncio varias alocuciones. Esperamos que el disco del Sol emergiera un palmo por encima del horizonte. Hacía viento y fuimos a un sitio abrigado. Tomamos té caliente que habíamos traído en nuestros termos. Algunos fueron al atalaya de Musallah. A eso de las diez horas bajamos hasta el primer lago, llamado «Okoto» («El Ojo»). Descansamos, desayunamos y en la tarde regresamos al parador de «Musallah».
Allí nos estaba esperando un hermano. Su nombre era Metodi Shiváchev. Él había sido designado por el Maestro para cuidar el equipaje y para mantener el fuego. Él se Le acercó al Maestro y Le dijo:
— «He cuidado el equipaje, Maestro, y he mantenido el fuego sin cesar.
El Maestro asintió con la cabeza y le sonrió:
— La hemos pasado muy bien. Tú ahora descansa de tu vigilia porque mañana por la mañana irás hasta el pico sólo. Es por esto por lo que has venido aquí ¿verdad? — para subir al Musallah y esperar allí la Salida del Sol.
El hermano se encogió de hombros y dijo:
— Bueno, si he de subir lo haré, pero a qué hora tengo que partir?
— A las tres — a la misma hora cuando salimos nosotros para estar allá arriba, justo a la hora de la Salida del Sol. — y el Maestro recalcaba e insistía en la palabra «solo». Y el hermano Metodi esperaba que partiera con la claridad del día.
LA LUZ, QUE SEÑALABA EL SENDERO HACIA EL PICO DE MUSALLAH
Cuenta María Tódorova
Y el Maestro recalcaba e insistía en la palabra «solo». Y el hermano Metodi esperaba que partiera con la claridad del día. Pensaba llevarse a algunos amigos para que le hicieran compañía. Mas ahora esta una tarea a cumplir. Aquí le habían dejado solo para que cuidara el equipaje, y ahora tenía que subir solo al Musallah. Era lo que le había tocado — que fuera solo al pico de Musallah.
En la madrugada sintió que alguien le estaba despertando. Miró en torno — no había nadie. Miró su reloj — ya eran las dos y pico. Se vistió en la oscuridad. Qué digo, vestirse — si él había dormido así, con la ropa puesta. Decidió tomar un farol, pero no sabía dónde los habían puesto. Por otro lado estaba muy oscuro para buscar y todos estaban durmiendo. Decidió salir sin farol, como quiera, había un sendero y siguiéndolo llegaría hasta arriba. Fue lo que decidió y sin saber por qué lo había decidido salió caminando. Poco a poco se fue acostumbrando a la oscuridad. Encontró el sendero y cuando puso los pies en el sendero de pronto apareció un haz de luz. Sí, un haz de luz, como si alguien marchase delante de él y encima de él y con la luz de una linterna portátil le alumbrara el camino a uno o dos metros de distancia delante de él. Se viró hacia atrás, miró — no había nadie. Tampoco delante de él había nadie. Miró hacia arriba, encima de su cabeza — no se veía nada, no había nadie. Pero la luz venía de una altura de dos metros por sobre la Tierra y un palmo sobre su cabeza y estaba dirigida oblicuamente como un haz hacia abajo, uno o dos metros delante de él y le alumbraba el camino. Venció el miedo y la sorpresa. Por haber tenido también otras experiencias con el Maestro de la índole más extraordinaria, lindando con los milagros, incomprensibles para la mente humana, él comprendió que aquello era cosa del Maestro. Le dio las gracias en sus adentros y siguió caminando cada vez más seguro y sin más demora. Donde era preciso, la luz dejaba de moverse y esto significaba que tenía que hacer un descanso. Partiendo la luz, también él se ponía en marcha. Mentalmente vivía aquellos acontecimientos de la Biblia, cuando el Espíritu del Señor en la forma de una bola de fuego de noche y una columna de fuego de día guiaba a los hebreos a través del desierto. Ahora estaba viviendo lo mismo. Así, reflexionando sobre aquellos tiempos históricos de la Biblia y sobre la columna de fuego, que estaba guiando a los hebreos, ya él estaba a los pies del pico. Pasadas dos o tres horas él estaba arriba, en el pico de Musallah. El haz de luz le estaba guiando y se paró en un lugar especial. Metodi se paró en el sitio designado para él. La luz, que le había guiado, de pronto se apagó. Silencio.
PANEURITMIA EN EL MUNDO INVISIBLE.
PANEURITMIA EN EL CIELO ENCIMA DEL PICO DE MUSALLAH
Cuenta María Tódorova
Metodi estaba en el pico de Musallah. ¡Nadie había a su alrededor! ¡Se encontraba solo! Miraba a los lados, ¡y nada veía! La luz, que le había guiado, se había apagado. Reinaba un silencio cósmico.
Y oscuridad. De pronto escuchó desde lo alto, encima de su cabeza, cánticos y música. Y a él mismo le gustaba mucho cantar y tocar, incluso en su juventud había participado en el coro de la iglesia y sabe bien lo que son los cánticos y las interpretaciones corales. Pero escuchaba también una música. Metodi levantó la cabeza a 60° hacia arriba, al Cielo, para conocer desde dónde venía este cántico y la música. Levantó la cabeza, y ¿qué es lo que vio! Arriba, en las alturas del Cielo, bajo la forma de una gran elipse se perfilaba una luz. Se fijó en la elipse luminosa. La examinó y observó cómo, en luces, con vestimentas blancas y con figuras humanas, estaban danzando unos seres, formando parejas y en rueda. Estaban danzando, estaban haciendo determinados movimientos con las manos y los pies y se movían formando una rueda, bajo el acompañamiento de una música excepcional y de cánticos. Y encima y en torno a ellos — una luz celeste. Se escuchaba el cántico y la música que acompañaba todo el movimiento de las luces que bailaban en la rueda. Los danzantes bailaban en una rueda. Las figuras de las parejas emitían una luz blanca, la cual no se podía comparar con nada. Era viva, rielante y también esta luz se movía describiendo un círculo. Todo se movía en círculo — la elipse, y la luz dentro de ella, y las figuras en luces, mientras que el cántico y la música les acompañaban. Metodi Shiváchev estaba absorto y extasiado y lo único que hacía era observar. Transcurrieron minutos, casi una hora. En un momento determinado el círculo de luz arriba adquirió un brillo más fuerte. La danza había concluido, los seres luminosos se reunieron, se saludaron, se juntaron en el centro y luego cual una bola de fuego se fueron alejando en el espacio. La luz encima de su cabeza desapareció. De nuevo se instauró la obscuridad. Los sonidos de las canciones y la música aún estaban resonando en sus oídos. Dentro de poco empezó a clarear. Metodi observó la majestuosa Salida del Sol. Emergió su primer rayo. Música y canto aún resonaban en sus oídos. Tal parecía que aquellas canciones y la música de hacía poco desde el Cielo y el círculo luminoso de la elipse habían pasado a los rayos del Sol. Sentía cómo los rayos del disco saliente del Sol también estaban bailando su danza. Y veía cómo cada rayo de sol, que llegaba hasta él desde el espacio, representaba no un rayo, sino un ser luminoso que se iba acercando en su danza, con movimientos, música y canto. Es lo que siguió viendo y escuchando Metodi, y fue contemplando, hasta que emergió completamente el disco del Sol. Fue cuando los rayos dejaron de danzar y de cantar, la música fue disminuyendo poco a poco y se perdió en el espacio.
¿CÓMO SE BAJARÁ LA DANZA DESDE EL CIELO PARA LA TIERRA?
Cuenta María Tódorova
Metodi ha observado muchas veces el Sol en Musallah, pero una cosa así le ocurría por vez primera. Él sabía que esta experiencia era no solamente una experiencia, sino que era una auténtica dedicación para tiempos y acontecimientos, que iban a venir, a cumplirse. Él sabía que aquella visión en la forma de una elipse no era una visión, sino una realidad auténtica. La salida del Sol para él tampoco era una visión, sino una realidad auténtica. y él sabía que tenía que ser testigo de todo lo que había visto y oído, para prestar testimonio, pasado el tiempo, sobre ello. Él sabía que esto había sido preparado por el Maestro especialmente para él. ¿Mas por qué para él? Puesto que entre los hermanos y las hermanas había mucho más dignos que él.
Metodi Shiváchev permaneció arriba ante el Sol durante algún tiempo. Luego se dirigió al atalaya, entró y allí no había nadie. Pasó al pequeño cuarto. En una pequeña mesita había una tetera de la que estaba saliendo vapor, un jarro, queso, mantequilla y pan. Miró a su alrededor. No había nadie. Probablemente el guardián aún estaba durmiendo. Comprendió que este desayuno era para él — después de todo lo que le había ocurrido hasta el momento. Él se tomó el té, calentó su cuerpo, comió un poco de todo y se marchó. Fue bajando poco a poco hacia abajo y a eso del mediodía arribó al vivaque junto al parador. Nosotros habíamos acabado de regresar de la excursión de turno en los alrededores junto con el Maestro.
Metodi Shiváchev se Le acercó al Maestro y Le besó la mano. Metodi estaba callado y turbado. Mas al propio tiempo, alegre y también ensimismado. El Maestro le miró e indagó:
— Y bien, Metodi, ¿qué es lo que has visto allá arriba?
Metodi se puso a contar y nosotros, a escuchar. Lo contó todo con lujo de detalles. Cuando acabó su relato sobre la danza luminosa de aquel círculo en el cielo, por encima del Musallah, donde ángeles del cielo entonaban cánticos y danzaban, el Maestro se puso de pie, levanto Su diestra para saludar y dijo con toda solemnidad:
— Todo lo que tú has visto allá arriba, en el cielo de Musallah, nosotros hemos de bajarlo, aquí, a la Tierra. Hemos de bajarlo para que «tal como es arriba en los Cielos, que sea igual aquí, abajo, en la Tierra». Para que se instaure el Reino de los Cielos, que está en el Firmamento, en el Reino de los Cielos aquí abajo, en la Tierra, entre los hijos del hombre.
Nosotros guardamos esto en la memoria. Alguien lo apuntó. Sobre todo se lo guardó en su memoria Metodi Shiváchev.
LA MEJOR PANEURITMIA
Cuenta María Tódorova
Cuando fue concedida la Paneuritmia, sucedió así que vino también Metodi Shiváchev de Nova Zagora, quien era profesor allí. Se Le acercó al Maestro, Le besó la mano. El Maestro le encomendó que fuera donde Él, cuando se inició la danza de la Paneuritmia. Él se Le acercó al Maestro y el Maestro le invitó para que se sentara en el banco junto al pilar de la lámpara donde el Maestro solía estar. Metodi estaba observando. Al final, al concluir la Paneuritmia, junto con el Maestro se le acercamos. el Maestro se dirigió a él y le preguntó:
— Y bien, Metodi, ¿qué dirás? Esto aquí ahora, en el prado, ¿es la misma Paneuritmia, como la que has visto allá arriba, en Musallah, en el Cielo?
Metodi miró a los amigos, que estaban alegres y felices, con los rostros radiantes, miró también al Maestro, parado junto a él, y dijo:
— Lo que he visto allá arriba, en el Cielo en Musallah, y lo que he visto aquí, en el prado, no es la misma cosa. Aquello allá arriba, en Musallah, es una perfección de música, movimiento y armonía, y esto aquí es algo distinto.
El Maestro le miró, pero ya seriamente:
— Sí, la verdadera Paneuritmia aún no ha sido bajada. La verdadera Paneuritmia está allá Arriba, en el mundo invisible. No se la puede bajar en aquella pureza de formas — movimiento y música, a la Tierra. Si se llega a bajar tal y como está Arriba, en el Cielo, y si se danza en la Tierra, la Tierra se ha de destruir. Ha de bajarse en la época siguiente. La Paneuritmia es una armonía del alma humana y del espíritu humano, que han alcanzado la comunión con Dios. Por ahora el alma humana y el espíritu humano son capaces de practicar la comunión con Dios en plena armonía únicamente Arriba, en el Mundo Invisible, en el mundo de la Sabiduría donde está la verdadera Luminosidad y Luz de los hombres.
Ahora ¿vosotros qué creéis? ¿Es la Paneuritmia en Izgreva la mejor o aquella, en lo alto del cielo, en el pico de Musallah?
¿DE QUÉ SERVIRÁ LA PANEURITMIA EN IZGREVA?
Cuenta María Tódorova
Nosotros estábamos en torno al Maestro y estábamos tratando de reflexionar sobre Sus palabras de que la verdadera Paneuritmia está Arriba, en El mundo invisible.
— Pues y esta Paneuritmia, Maestro, ¿cómo sería ella aquí? — indagó una hermana.
— Esta Paneuritmia aquí ha sido bajada para el alma búlgara y el espíritu búlgaro. Hay que bajarla de allá Arriba, tiene que pasar a través de la individualidad búlgara, pasar a través de la personalidad búlgara, pasar a través de la canción folklórica búlgara, a través de los pasos de las danzas folklóricas búlgaras, para combinar la armonía entre la melodía, el ritmo y el movimiento. Porque el alma búlgara y el espíritu búlgaro están destinados a combinar esta melodía, ritmo y movimiento y para practicar aquí abajo, en la Tierra, la comunión con Dios y ¡con el Gran Maestro! Para que consigan los demás pueblos el Verbo del Gran Maestro, deben partir desde la Tierra Búlgara, desde las escrituras búlgaras, para pasar a través de la Paneuritmia. Es entonces cuando se encontrarán con el Verbo del Gran Maestro. No hay otro camino para la humanidad. Bulgaria ha sido destinada para ello. La Paneuritmia Búlgara ha sido destinada para ello. ¡Es de donde se ha de partir! ¡La humanidad deberá conseguirla y partir desde ella! Desde aquí se parte — no hay otra manera para despertar la conciencia humana por el camino del Cariño Cósmico1.
Nosotros escuchamos, miramos en torno a nosotros maravillados y nos preguntamos los unos a los otros con las miradas: «¿Pues es a nosotros a los que ha sido otorgada esta Paneuritmia en la Tierra para la Nueva Humanidad?» Ha resultado que éramos nosotros — todos los que estábamos en torno al Maestro. Nosotros con nuestra vida habíamos merecido este privilegio ante el resto de la Humanidad — aquello que era hoy y aquello, lo que tenía que venir mañana.
« Estoy usando la palabra < amor > en el sentido de una energía, que sale del centro del Universo y va hacia la periferia, y estoy usando la palabra < cariño> en el sentido de una energía, que sale de la periferia y va hacia el centro de la Génesis. Defino el Amor como un proceso creativo, generador, y el cariño — como un proceso, que va desde abajo hacia arriba, que edifica. (…) el Amor crea, y el Cariño edifica. » EL CARIÑO CÓSMICO. Una conferencia, ofrecida por el Maestro Beinsá Dunó (Pétar Dánov) el día del 24 de agosto de 1919, domingo, en la ciudad de Tarnovo, con motivo del encuentro de los discípulos de la Fraternidad Blanca.
Ver también: EL AMOR UNIVERSAL. Una conferencia, ofrecida por el Maestro Beinsá Dunó (Pétar Dánov) el día del 19 de agosto de 1919, miércoles, en la ciudad de Tarnovo, con motivo del encuentro de los discípulos de la Fraternidad Blanca. (observación de Marina François)
ENTREACTO
II parte
UN TRABAJO ESPIRITUAL
Cuenta Borís Nikólov
Después del turbulento año del 1923, lleno de vicisitudes políticas y asesinatos, vino el año del 1924. El país se encontraba revuelto, dividido. Entonces los comunistas consideraron que aquel era el momento más apropiado para sublevarse nuevamente organizando una rebelión, aprovechándose del resentimiento de los parientes y los familiares de los comunistas y los miembros del Partido Agrario asesinados. En el año del 1925 a la cabeza del gobierno estaba Alexandar Tzankov, en el país se había instaurado una dictadura, que se encrudeció especialmente después del atentado en la iglesia de «Svetá Nedelia» del 16 de abril de 1925, cuando hubo 101 víctimas. En el verano iban a suceder otros acontecimientos turbulentos más.
Entonces el Maestro le mandó al hermano Bóev que fuera a ver a Nacho Petrov y que proporcionara comida para siete personas, y que se fueran al Musallah. Les dijo: «Tenemos que hacer un trabajo espiritual importante».
El hermano Nacho compró comida, llenó las mochilas, se montaron en el turismo de Lázar Kótev y partieron camino a Chamkoría. Pero cuando llegaron donde el turismo vieron que había otros siete candidatos más quienes se instalaban en el segundo turismo. Llegando a Chamkoría de pronto surgieron unas diez personas más, que habían arribado en otro transporte. El hermano Nacho, quien había traído comida solamente para siete personas, ahora tendría que alimentar a treinta personas. Los que habían llegado posteriormente querían ver qué tipo de trabajo espiritual tenía que realizar el Maestro en Musallah. Era la curiosidad humana.
Y el más curioso era Nacho Petrov. Él había decidido no dormir pero no dejar de observar al Maestro durante la noche para ver qué estaría haciendo. Los demás se durmieron y el hermano Nacho estaba dormitando, pero abandonándole de tiempo en tiempo la duermevela él se fijaba entonces en el Maestro. Y cada vez Le encontraba despierto, sentado y rezando susurrando: «¡Señor, Señor, Señor!»
Al otro día subieron al Musallah. Cada vez que se paraban el Maestro susurraba las mismas palabras.
Pasaron unos cuantos días y luego retornaron. Nacho sin poder aguantar más preguntó:
— Maestro, ¿qué trabajo espiritual íbamos a hacer?
El Maestro le miró:
— ¡Pues tú oíste y viste, ¡¿cierto?!
Nacho pensó: «Sí que he oído y he visto, pero nada he entendido.»
El Maestro le dijo:
— ¡He invocado al Señor, para que les ordene a Sus servidores a cumplir con la Voluntad de Dios!
Al regresar a Sofía, pasado algún tiempo, la situación política en Bulgaria cambió y al pasar cierto tiempo cogió un rumbo bien diferente. En el otoño del 1925 los círculos gobernantes decidieron sustituir a Alexandar Tzankov por una figura más aceptable y no comprometida. Y esta figura era Andrey Liápchev, quien el día del 3 de enero de 1926 encabezó el gobierno hasta el año del 1932. Llegó una época de una normalización relativa de las pasiones políticas.
¡El Maestro invocaba al Señor! Y nosotros, los hombres de la Tierra, con las almas pecaminosas, teníamos que esperar el Verbo del Señor para que dividiera los tiempos y los acontecimientos en Bulgaria.
ENCUENTROS EXCEPCIONALES EN MUSALLAH
Cuenta Tzanka Ékimova
Durante años seguidos íbamos, junto al Maestro, en grandes grupos, al pico de Musallah. Viajábamos en camiones hasta Chamkoría y desde allí a pie, pasando por Tzarska Bístritza, hasta el parador de Musallah. Nuestro equipaje se trasladaba en caballos. La mayoría no tenían dinero y llevaban el equipaje y la comida a la espalda.
El primer vivaque lo hacíamos junto al primer lago al lado del antiguo parador, el cual era de madera. Permanecíamos uno o dos días y después nos dirigíamos al propio pico.
En una de estas escaladas nos instalamos en la terraza junto al lago interior, que se encuentra debajo del pico de Chaldar Tepé. Hicimos de pinos mugos unas vallas para protegernos del viento. Encendimos una gran fogata (pues había pinos mugos) y nos sentamos a su alrededor para calentarnos. Las teteras para el agua caliente se pusieron a hervir. Cada uno llevaba su jarro, se lo tendíamos al que estaba atendiendo las teteras, lo llenaba y bebíamos hasta saciarnos del agua caliente. Llevábamos azúcar en la mochila.
Yo me encontraba sentada al lado del Maestro, abrigado con una capa. Sentí Su voz:
—Mañana iremos al pico de Musallah.
Estuvimos cantando en torno al fuego. Llegó el momento para ponernos todos a dormitar a causa del cansancio, alrededor del fuego. La noche había avanzado mucho. Yo aún no me había dormido. De pronto delante de mí aparecieron tres seres, tan enormes que comparada con ellos, yo tenía el tamaño de una hormiga. Los seres llevaban capas largas hasta el suelo del color de las nieblas y unos sombreros de alas anchas, como los de los magos medievales. Me escrutinaron con sus miradas profundas y dijeron:
— Mañana no iréis al pico — habrá nieblas.
Después de decirlo y de cerciorarse de que yo lo había memorizado todo, ellos, con sus capas abiertas, desaparecieron a través del espacio.
Aquello no era un sueño sino que era de verdad. Aquello tampoco era una visión sino que era de verdad. Traté de memorizarlo todo y de no considerar que fuera un sueño. Me dormí.
Por la mañana, cuando todos nos despertamos, había una niebla impenetrable, uno no se podía ni mover. Los hermanos estaban trajinando en torno al hogar, había que encender el fuego, y dando breves gritos y silbando se orientaban en la densa niebla para cortar la leña para el fuego.
Ese día nos quedamos junto con el Maestro en torno a la fogata, en el cautiverio de la densa niebla. Posteriormente la niebla se levantó y nosotros subimos hacia el pico junto con el Maestro. Fue allí donde Él se dirigió a mí, sonriendo:
—Y bien, dije, los tres mosqueteros recogieron sus sombreros que nos los habían dejado allá abajo, junto al Lago.
Me di cuenta de que el Maestro mencionaba a aquellos tres seres, que yo había visto — los de las largas capas y de los grandes sombreros.
Aquí, en Musallah no había nieblas, hacía sol y reinaba el silencio. ¡Y qué vista había mirando alrededor! ¡Una belleza fabulosa y sobrenatural! El espíritu y la Existencia se fundieron en un todo a través del Verbo del Maestro.
LOS SERES DE CUERPOS ETÉREOS EN MUSALLAH
Cuenta Tzanka Ékimova
En otra oportunidad, pasado algún tiempo, un grupito de amigos fuimos nuevamente al Musallah junto al Maestro. Antes de salir por la mañana hacia el pico, paramos al lado del Segundo lago, junto al pequeño parador de madera.
Yo me hundí en reflexiones, y en ese momento la montaña cobró vida. De los grandes bloques de piedra empezaron a salir unos seres de cuerpos etéreos, semitransparentes, llevando vestimentas extrañas y antiguas, correspondientes a diversas épocas y culturas: la egipcia, la persa, la siria, la griega antigua, etc., con joyas de oro y de solemnidad, pertenecientes a las respectivas épocas. Entonces oí una voz muy clara, que me estaba diciendo: «Estos son los líderes de esas épocas y culturas, que no habían solucionado correctamente las tareas como líderes y estos boques de rocas son sus prisiones.»
Era una experiencia asombrosa, porque justo antes de partir desde Izgreva, camino a Musallah, cuando estaba al lado del Maestro (puesto que cada vez que llegaba desde Gabrovo yo tenía un encuentro con Él), Él me dijo: «Ya es tiempo cuando la montaña les revelará su contenido.» Entonces yo guardé esto en mi memoria, pero me admiraba si esto no guardaría relación con nuestra conversación. Pensé que esto era algún tipo de simbolismo. Y ahora resultaba que lo expresado por el Maestro no había sido nada simbólico sino que una realidad que me había sido dado tocar y encontrar en Rila. Y esta era una experiencia inusitada en otro mundo, con otros sentidos y en otra realidad.
El Maestro lanzó una mirada desde el Musallah, más allá del valle de Beli Ískar, hacia los bosques de coníferos y los múltiples picos y dijo:
— Ésos son puros y allí habitan seres servidores. A ellos les gusta en general vivir donde no pisan pies humanos y donde no se les estorbe. Ellos conocen el arte de volverse visibles e invisibles, ellos viven la mitad físicamente, la mitad astralmente, ellos tienen viviendas aquí. El éter penetra en el aire y la luz, se penetran mutuamente. Lo que penetra es lo que gobierna. Lo más pequeño vive dentro de lo más grande, lo más grande envuelve a lo más pequeño. El éter tiene 4 estados. Están pensando que el éter es homogéneo en todas partes, y no es así. Los soles son centros de las energías etéricas. La presión del éter forma los soles. Allí donde hay un sol, es donde la presión del éter es más grande. Al ejercer el éter la presión se forman los sistemas solares en el espacio infinito. Quiere decir que la presión del éter no es igual en todas partes.
El Maestro volvió a mirar los picos, diseminados más allá del valle de Beli Ískar, y dijo:
— Imaginaos que esos seres viven en un lugar que no es nada atractivo para las personas. A primera vista, son unas rocas desnudas, mientras que ellos lo hacen de manera que no sea atractivo, y que la gente no desee vivir allí.
Nosotros, con nuestros ojos humanos vemos solamente las formas, pero cuando se nos abren los ojos para el Mundo Espiritual, hemos de ver la verdadera vida en la Tierra.
UN AUTO SIN MENTIRA
Cuenta Borís Nikólov
Era el año del 1942, cuando vivíamos en medio de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. El Maestro llamó al hermano Boyan Bóev y le dijo:
— ¿Puedes organizar una salida hasta el Musallah para un grupo no muy grande?
El hermano Boyan como si no esperara otra cosa.
— Puedo, Maestro, ¡cómo no voy a poder!
El Maestro se sonrió.
El hermano Boyan corrió donde estaba yo:
— El Maestro quiere que vayamos hasta el Musallah!
Nos sentamos para debatir. No teníamos dificultades con el abastecimiento de productos alimenticios no obstante el hecho de que aquellos años eran de cartillas de racionamiento con cupones y estábamos en medio de plena guerra. Los productos se repartían a cambio de cupones. Lo más difícil era conseguir un turismo hasta Chamkoría. Había autos pero lo que no había era la gasolina, se otorgaba únicamente con un papel especial y eso, en un caso extremo.
Me fui a buscar la oficina. La encontré. Ante la taquilla — una larga cola. Me uní a la cola y me puse a esperar. Escuchaba lo que estaban hablando. Se concedían autos solamente para personas enfermas. En la taquilla había un policía, poco agraciado y bien torpe. Estaba trabajando como un autómata. Hacía lo que se le había encargado. Me iba acercando a la taquilla, elucubrando. Estaba buscando febrilmente argumentos, pero me percaté de que no daban permisos para más nada que no fuera para enfermos. Estaba buscando la forma de hacer yo también un compromiso conmigo mismo. Estaba forzando mi situación. Me decía: «El hermano Boyan no está bien de los pies. Consideraré que estoy pidiendo el turismo para él.» Había algo dentro de mí que no estaba de acuerdo con eso pero ya me vi delante de la taquilla y dije automáticamente: «Un turismo para un enfermo hasta Chamkoría.» Conseguí el papel, pero la pequeña alegría provocada por el papel se apagó dentro de mí.
Me puse camino a Izgreva. El hermano Boyan estaba sentado en la misma posición, esperando por mí. Puse el papel en la mesa delante de él, pero no le dije cómo lo había conseguido. Boyan inmediatamente corrió donde el Maestro y le tocó en la puerta. La puerta se entreabrió, el Maestro se asomó. Boyan entusiasmadamente Le entregó el papel y Le dijo:
— Maestro, hemos conseguido un turismo hasta Chamkoría!
Y el Maestro se mantenía severo, callado, no le dejaba pasar a la habitación dejándolo fuera y de pronto le dijo cortante:
— En un auto, logrado con mentira, yo no he de montar.
Boyan se quedó de una pieza. Volvió a su casa, apenas estaba caminando, el fuego dentro de él se había apagado. Llegó donde estaba yo, se sentó en la mesa y musitó:
— El Maestro no desea subirse a un auto conseguido con mentira.
Ahora ya yo me sentí afligido. Agarré el papel y salí corriendo a la ciudad. Me fui a la oficina, subí donde el jefe, toqué en su puerta, abrí y entré.
EL MAESTRO SE DESPIDE DE MUSALLAH
Cuenta Borís Nikólov
Detrás del escritorio estaba sentado un hombre joven vestido de uniforme de oficial, de cara de un color claro y simpático. Le dije:
—El Señor Dánov, acompañado de unos cuantos de sus discípulos, desea ir a Musallah. Nos hace falta un auto hasta Chamkoría.
El hombre joven me miró, alargó la mano, tomó un papelillo de su escritorio y escribió: «Sí». Firmó, me entregó el papelillo, y — nada de preguntas, y ni una sola palabra. Me fui abajo, volví a ponerme en la cola, esperé mi turno, le entregué al policía la nota y recogí el segundo papel, pero ya sin mentira.
Luego me fui volando arriba, hacia Izgreva. ¿Quién ha dicho que el hombre no tiene alas? Si que tiene. Depende de la fuerza que le mueve.
El hermano Boyan permanecía sentado en el mismo sitio, desesperado. Le puse delante el papel:
— Aquí tienes un papel sin mentira.
Ahora él se fue corriendo donde el Maestro:
—Maestro, tenemos un papel para la gasolina, sin mentira.
El Maestro se sonrió y dijo:
— ¡Bien! ¿Podemos partir el viernes?
Esta fue la última excursión en la compañía del Maestro hasta el Musallah. Durante todo el tiempo Él estaba triste, callado, ensimismado. Se fatigaba, se apoyaba con frecuencia. Yo Le cargaba la mochila. Marchaba con dificultad. Respiraba dificultosamente, se paraba y decía: «Un minuto de descanso.» Se apoyaba en el bastón, cerraba los ojos, se sentaba. Después de ello miraba las majestuosas rocas. En aquel lugar, junto a la gran roca, durante mucho rato estuvo mirando el riachuelo, las claras olas poderosas y cantarinas. Parecía que Le seguía faltando el aire. ¡Y qué fuerza había en el aire, qué aroma había! Nosotros lo sentíamos, porque éramos jóvenes. Mientras que el Maestro se despedía de los sitios de Su predilección, pero nosotros aún ni lo suponíamos. ¡Qué momentos más bellos en la vida habíamos pasado junto a Él aquí, en estos lugares!
Nos instalamos junto al parador. Durante la noche, como era habitual para nosotros, a eso de la 1 o las 2 horas partimos hacia el pico de Musallah. Y el observador aquí era Mancho, el observador. Él era muy amable y apegado al Maestro y nos atendía muy bien. Él nos invitaba a entrar, nos brindaba té y simpatizaba con la Hermandad y con el Maestro.
El Maestro siempre ponía una idea al realizar una escalada del pico de Musallah. No me abandonaba el sentimiento de que el Maestro se estaba despidiendo del pico de Musallah. Estaba extenuado y descansaba más. Nos pasamos en el parador tres días, y cada mañana estábamos en el pico de Musallah para la Salida del Sol.
Ahora el Maestro se despedía de Musallah.
Y me acuerdo del año del 1922, cuando el Maestro inauguró la Escuela y en la feria en la ciudad de Tarnovo cantó y dio la canción «Fir-Fyur-Fen» que se convirtió en la marcha de combate de la Fraternidad Blanca y con ella se dispersaban todas las fuerzas enemigas.
¡Hoy día esta canción os hace falta! ¡Acordaos bien, es la marcha de combate de la Fraternidad Blanca!
EL ORGULLO PRECEDE A LA CAÍDA
Cuenta Borís Nikólov
El Maestro iba al Musallah casi cada año. Al volver a Sofía del veraneo en los Siete Lagos a finales del mes de agosto, nuevamente en el mes de septiembre el Maestro salía al Musallah por unos cuantos días. Se llevaba a un grupo pequeño, porque para el grupo grande era preciso llevar a cabo una gran organización y hacía falta mucho equipaje. Y nosotros éramos cinco o seis hermanos los que íbamos con él. Él prefería a los hermanos para que el grupo fuera más móvil y para no llevar un exceso de carga. Los hermanos lo llevaban todo a su espalda, mientras que las hermanas no podían cargar con mochilas pesadas.
Puedo relatar un caso bien curioso. Esto sucedió en el año del 1942. Hasta aquel entonces todos los años salíamos con el Maestro. Esta era una regla de Él. En aquel año el Maestro estaba muy fatigado y muy extenuado y se movía con mucha dificultad. Llegamos hasta el parador, alquilamos una habitación, nos instalamos en ella. Éramos cinco o seis hermanos, y abajo, en la sala de espera, había dos o tres turistas que habían puesto un aparato de radio conectado con un acumulador. Por la radio estaban transmitiendo unos festejos en Alemania con motivo de las victorias de Hitler. Pues eran unos festejos pomposos, con exclamaciones de miles de personas, con «heil!». Comunicaban quiénes entraban, quiénes se paraban, quiénes se sentaban — personalidades a cual más importante. Unos festejos de propaganda ante todo el mundo. Pues, victoria tras la victoria. Se cansaron los alemanes de las victorias.
El Maestro se quedaba arriba, no bajaba para escuchar la radio. Y el hermano Boyan Bóev estaba escuchando la radio. Sabía alemán, había cursado estudios allí. Fue a ver al Maestro arriba en su habitación informándole sobre los festejos que estaban transmitiendo por la radio, sobre lo que estaban diciendo Hitler y Goebbels acerca del poderío y la fuerza alemana, y sobre sus tropas invencibles. El Maestro permanecía sentado, ceñudo, escuchando lo que le estaba diciendo el hermano Boyan y al acabar de hablar éste, el Maestro levantó la cabeza y se expresó diciendo una sola frase:
— El orgullo precede a la caída!
El hermano Boyan se quedó pasmado. Después de tantas victorias y después de tantos festejos, el Maestro había dicho solamente esta frase. Y a partir de ese entonces la suerte de los alemanes empezó a retroceder. Nosotros conocemos y somos testigos de cómo terminó todo aquello. La caída y la derrota para Alemania en el año del 1945.
Aquí está la ley: «El orgullo precede a la ruina (la caída) y la autosuficiencia precede a la caída.» (Los Proverbios de Salomón, el capítulo 16, el verso 18.)
Y nosotros que estábamos en torno al Maestro, hemos sido testigos de cómo él dirigía los destinos del mundo y determinaba el camino de los pueblos!
LA VISITA INUSUAL AL PARADOR DE «MUSALLAH»
Cuenta Galiley Velíchkov
Yo me encontraba en la habitación en la cual había varias camas, de las cuales una, junto a la ventana, con vista al pico, estaba destinada para el Maestro. Desde el principio, al instalarnos en la habitación, se Le veía inusualmente callado. Mientras que en otros casos las conversaciones con Él continuaban hasta la medianoche. Entonces el hermano Bóev apuntaba las perlas de sabiduría y misticismo. Pero aquella noche incluso nosotros nos manteníamos silenciosos y cuidadosos. Cada uno se preparó para la acordada hora de la medianoche. Nos sobrevino la somnolencia, pero a veces abandonaba nuestros párpados. Pero la mirada de los despiertos captó el desasosiego del Maestro. Con frecuencia Él encendía su linternita eléctrica, para verificar la marcha de las agujas del reloj. La noche afuera estaba silenciosa y tranquila. Pero a eso de la una Él prendió la linternita y preguntó a media voz a Nedelcho quien se encontraba cerca de él y estaba despierto: «¿Qué hora es? Hace rato eran las 12, y ¡¿ahora nuevamente son las 12?!»
Nedelcho comprobó su reloj y Le susurró: «Es la 1, es que Su reloj se ha parado!»
Tranquilizado por la respuesta, Nedelcho volvió a dormirse y el Maestro se levantó y miró la noche estrellada, hizo un ademán de saludo y empezó a hablar susurrando en un idioma extraño y desconocido.
A mis oídos llegaban frases aisladas con una interesante combinación de vocales y consonantes — incomprensibles para mí pero con seguridad inteligibles para Aquel con el que el Maestro estaba conversando.
Lo mismo que Tomás el Incrédulo de los días de Jesucristo, escrutiné con la mirada la habitación para constatar alguna visita, pero no había nadie. Todos estaban durmiendo y la conversación prosiguió no más de 15—20 minutos, después de lo cual únicamente el brazo levantado en gesto de saludo constituía una prueba irrefutable de que «el encuentro» había concluido.
Después de esto el Maestro buscó su manta y se tapó para descansar. ¡Una escena inolvidable y memorable de un contacto del Maestro con seres invisibles para nosotros!
No había pasado mucho tiempo, aproximadamente a eso de las 2, la linternita se encendió de nuevo y a Nedelcho de nuevo se le dirigió la pregunta acerca de la hora: «El mío sigue mostrando las 12 horas!» Nedelcho entre sueños volvió a responder: «Está parado porque no le ha dado cuerda!» El Maestro no respondió más, se puso a mirar a través de la ventana y volvió a recostarse en la cama.
A eso de las 3 horas la luz de Su linternita nuevamente se puso a danzar por la habitación, alumbrando uno a uno a los amigos que ya se habían despertado, y Él les habló con voz queda: «¿Es que estaremos listos dentro de poco? Y tú, Nedelcho, ¡despierta a los amigos de las otras habitaciones y diles que a eso de las 3,30 horas partimos hacia el pico!»
Ágilmente, sin ruido, sin palabreo superfluo, los amigos abandonaron el parador y silenciosos se pusieron a escalar el sendero hacia el pico. Una procesión mística, nocturna de las luces saltarinas de las linternitas eléctricas asemejándose más bien a una visión, que a algo real. De vez en cuando el silencio era roto por alguna piedrecilla rodando, empujada por un paso inestable. ¡Una visión de los tiempos de los Bogomilos!
En el pico nos estaba esperando el Espíritu de Musallah y la salida del Sol. Y entonces nos convencimos de que la fuente de la Vida también era excepcional e irresistible.




